Anteojos

Decidí salir de allí a toda prisa. Había pasado ya bastante tiempo y no llegaba nadie, ni siquiera tú.

Mientras caminaba por la calle buscando el automóvil pensaba cuántas veces había pasado por algo similar. Salí de casa hace más de 4 horas, conduje por el camino que sale de la ciudad hasta llegar a ese lugar: medio vacío, con muchos muebles viejos y una barra larga color marfil. Como había llegado bastante temprano pedí una cerveza y tarareaba la canción que estaba en el ambiente.

Cuando se espera de esa forma y la gente no aparece, la paciencia se va perdiendo poco a poco hasta que se convierte en una sensación que se parece un poco al odio pero quizá un poco más a las ganas de patearle la cabeza a alguien. Pero dejé en paz eso y seguí tarareando hasta que me terminé mi bebida y sólo me senté ahí, como un zombi.

Elvis se mueve en blanco y negro pidiendo a alguna chica que no conozco que no sea cruel y que no se aleje de él.

¿Cómo puede ser eso posible? ¿Cómo espera que no se aleje de él después de lo que le hizo? Pienso eso y simplemente dejo el vaso, pago el trago y salgo de allí a toda prisa.

Hace muchos años que uso anteojos. Desde muy chico. Al principio no me gustaba usarlos, eran armazones plásticos enormes y hacían ver mi cabeza gigantesca y eso no me agradaba. Pensaba todo el tiempo en lo que los demás niños podrían decir de mí. Ahora eso no me importa, estoy demasiado viejo, o al menos eso pienso, como para estarme preocupando por lo que los demás digan de mis anteojos.

Al salir de nuevo a la carretera conecto el iPod a la radio. Hace tiempo que quiero ponerle una vieja casetera pero no encuentro la manera de hacerlo. Me gusta la idea de escuchar música vieja desde un aparato de la misma antigüedad, ¿han tenido esos momentos en los que no importa que tengan más de 600 discos para elegir no tienen ganas ni ánimo para escuchar absolutamente ninguno? Me pasa eso muy seguido.

Hace varios años que no sé nada de ti, desde el día en que dijiste que venías en camino para visitarme. Siempre tan ocupada. No hay evento que se escape a tu agenda y como nunca me quejo, siempre dejas hasta el último venir a visitarme. Esta mañana cuando llamaste para avisar que por fin estabas en la ciudad y que podías verme te dije que no estaba de acuerdo en ser el comodín de los eventos sociales más importantes del siglo veintiuno. Al parecer no te gustó. No te pareció nada. Me alegro que no hayas llegado a tiempo, por eso me fui justo 15 minutos antes de la hora que dijiste que llegarías. ¿Sabes? Acabo de arrojar mi teléfono por la ventanilla, no quiero que las cinco letras que componen mi nombre vuelvan a escribirse y luego tacharse y volverse a redactar en tu pequeño aparato que también reproduce canciones. No más.

 

ZZ Top está sonando y yo me miro en el espejo retrovisor. Llevo la barba crecida de un par de semanas —Quisiera tenerla un día tan larga como esos tres— pienso en ello, y cambio la velocidad para cambiar de carril. Muevo la cabeza al compás de la música y poco a poco te voy olvidando.

Me detengo al llegar a un cruce poco antes de entrar al fraccionamiento donde vivo, a mi alrededor hay muchos conductores que miran hacia todos lados dando la impresión de que los que estamos cerca somos fantasmas. Manoseo el iPod y pongo un disco de Queen, comienzo a tararear “I want to break free” y me río. Me miro al retrovisor otra vez y mi expresión ha cambiado, ahora estoy radiante y sumamente contento; el cabello me cubre la parte derecha del rostro hasta la boca. Tengo una sonrisa un poco malévola, como cuando has llegado a concretar un plan excelente, un camino que no puede fallar.

 

Oh how I want to be free, baby

 

Antes de acelerar, al ponerse el semáforo en verde, volteo la cabeza hacía mi derecha donde veo un letrero que no recordaba haber visto antes. Al leerlo sentí como si el tiempo se detuviera y me sentí totalmente satisfecho, podía haber dado vuelta en otro lugar y simplemente tomar un camino diferente pero no lo hice. Sonreí de nuevo.

 

El letrero decía: “DESAPAREZCA AQUÍ“. Yo lo miré por encima de mis anteojos y sonriendo, desaparecí.

 

 

* Cuento publicado en el viejo Libro Vakero, el 2 de mayo de 2010.

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