Bahía de perros

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La invasión salió como lo esperábamos. En la playa nos aguardaban algunos focos de resistencia que fueron eficientemente apagados. Lo complicado fue entrar en las calles del pueblo, donde la gente no solo se limitó a mirarnos mal sino que ayudó materialmente a los revolucionarios. Pero ellos no eran rivales a nuestra altura y sus armas de pacotilla fueron inútiles ante nuestro poderío de metal y fuego. Así llegamos al Palacio del Gobierno. Entramos y, luego de una pequeña batalla insignificante, tomamos al Líder y lo tiramos por la ventana.
Silencio. Varios, curiosos, nos acercamos al alfeizar: el Líder rebotaba de arriba a abajo, una y otra vez sonriendo grotescamente. Nunca llegó al suelo, no hizo ruido ni soltó ningún tipo de grito. Nuestra conquista se coronó con ese cuadro: una isla dominada por extraños que veían todos los días a su rival saludarlos alegremente por la ventana.

 

Cuento a 4 manos junto a Esteban Moscarda y publicado en el blog Químicamente Impuro de Heliconia.

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