Divagaciones sobre ondas literarias I

10403256_749221541822901_6682082247679765280_n

 

 

En estos tiempos ¿quién necesita que alguna secretaría de cultura le haga el paro para publicar algo? No creo que haya necesidad de irse a arrastrar a ver si ahí los burócratas —que difícilmente leen medio libro al año— le hacen a uno el “favor”. La calidad de lo escrito se mejora practicando, no dejándolo de hacer, organizando algún grupo de cuates con intereses afines o masomenos comunes en literatura e ir echando volados uno por uno aprendiendo de las cagadas y los párrafos más infames. No existe cosa más aburrida en este mundo  que ir a la presentación de un libro. Peor tantito si es un poemario — recuerdo una charla sobre ¡Efraín Huerta! en la Feria del Libro del Zócalo 2014 que fue condenadamente somnífera: un maestro de la sierra de Guerrero preguntó: “¿de qué hablan aquí? ¡No se les entiende nada!” —. Sabes que te estás arriesgando a más de 45 minutos de cebollazos y alabanzas gratuitas al autor, o a su mentor o al que tuvo el valor de llevarlo ahí patrocinado por la editorial de moda. La figura es uno y sólo uno: el autor. Un autor que, casi siempre, no lo conoce nadie más que su cuate que lo presenta, a medias el güey que lo patrocina y nada de nada los pobres incautos que ocupan las sillas.

Insisto, ¿para qué andar de lambiscón a ver si alguien te lleva de la manita a la Rosario Castellanos o a la Casa del Poeta  (siempre me he preguntado si en verdad  ahí vive algún poeta) o Casa Liam, etcétera si uno puede crear sus cosas, probarlas con lectores cercanos y lejanos para finalmente usar una lana ahorrada para un tiraje mínimo? No nos hagamos tontos: nadie llega a los top ten de ventas de literatura en México si no es pariente de la abuelita Tusquets o sale en televisión. Nadie se hará rico con libros de “poetas jóvenes emergentes de la boca de la luna”. Sólo si te dedicas a hacer tranza y sacas varo de los emocionados para nunca sacar sus libros o jineteando las regalías (“publicar con nosotros es tu ganancia, haces currículum”), te podrás comprar un Honda de segunda mano. Escribiendo, no. Escribiendo poesía, MENOS.

Presentar un libro es la labor más puerca que puede uno elegir para la vida. Incluso como pasatiempo. Aún hay poetas que no viven en la nube de inspiración 24/7 y todavía pasan un rato del día trabajando en algo que les deje para vivir —tener beca no es vivir, es mamar de la teta más cercana. Escribir en Tierra adentro o Letras Libres no cuenta — y de ahí mochar algo para cooperar en grupo y sacar un libro al mes o reeditarse a sí mismo de vez en cuando. A esas ondas se llega llenando el papel de soberana cagada, de poesía o prosa innegablemente estúpida que resultará ser buena o pésima según el espectro de grises de cada valiente lector —ya sean familiares, cuates o los mejores lectores: los que se enteran de rebote  o les hablaron de uno y les terminó gustando—. Así se aprenderá finalmente a hacer algo bueno.

Por cierto: no cuenta haber leído SOLAMENTE uno de García Márquez, uno de Rulfo —qué  poca madre sería esto, ¡si don Juanito sólo escribió dos, si acaso tres! — y alguno de Tavo Paz para saberse un poco más complejo.  Hay que dejarse llevar por la curiosidad, por la capacidad de asombro. Memorizar pasajes y citas para repetir como cotorros en las fiestas o con los ligues también cuenta como signo de imbecilidad. El oficio de escribir no es digno de respeto, no es una tradición a seguir al pie de la letra porque así lo hacen LOS MAESTROS GRANDES MAESTROS: es una actividad divertida, creativa que también deviene en beneficio económico —de algo tiene uno que comer o beber o leer— por la cual hay que saberse sujetos en desarrollo. Después de miles de páginas de mierda, vendrá algo que nos haga presentar nuestras obras sin mandar a todo el mundo a dormir temprano.

 

 

Un comentario Añadir valoración

Deja un comentario