La Cara del Tiempo

—A falta de DeLorean, buenos son los Facebooks —dijo entre temblores Michael J. Fox al cumplir 50 años.

Momentos antes el Doctor Emmett Brown le había explicado que debido a recientes investigaciones llegó a la conclusión de que Facebook era una máquina del tiempo.

—La cosa es simple —comenzó el Doc, yendo de un lado para otro de la habitación montado en su silla anti gravedad; sacando y metiendo papeles de sus escritorios mientras volteaba a ver a un Michael tembloroso cómodo en su silla tratando de ponerle atención al viejo Emmet, de 75 años ya, pero loco como una cabra—. Es debido llegar a 880 amigos en facebook para que el condensador de chismes se active y podamos viajar en el tiempo y, por ejemplo, arreglar las horrendas fotos de nuestro viaje a 1955 donde salgo con cara de desquiciado.
Michael frunció el ceño y manoteó. El Doc pensó que le estaba reclamando la explicación pero notó que era parte de su Parkinson, así que se ahorró el reclamo y soltó una risita.
—Yo no me reiría tanto si fuera usted —dijo Fox—. Ya lo etiquetaron en una foto aquel día del experimento de la diarrea elástica.
— ¡Pero yo borré todas las etiquetas!
—Ja, ja y ja —dijo Fox—. Ingenuo. La foto fue compartida y luego se creó una página de “me gusta” llamada: “Yo rebanco al viejo de la diarrea elástica”. Hay más de 80000 clicks.
—Miserables —murmuró el Doc, propulsándose casi hasta estamparse contra el techo—. Un experimento con fluidos y ya me condenan para toda la vida.
—Para toda la Eternidad, hasta el Fin. Y a propósito del Fin de la Eternidad, mire quién ha venido…
— ¡Doctor Asimov! —exclamó el Doc olvidándose de todos los malos momentos de su vida, incluyendo el experimento de la diarrea elástica—. ¡Ídolo!
—No se alegre tanto —dijo el Buen Doctor—, pertenezco a la Comisión Organizadora Nacional de Circuitos Históricos Algorítmicos. También vendrán H. G. Wells, Robert A. Heinlein y Alfred Bester. De esta no se salva, Doc.
—La capacidad de asombro ha ido desapareciendo en el hombre —dijo apareciendo, Bester—. Durante siglos nos ocupamos de lo que parecía ser el centro de la problemática del hombre: el tiempo. Pero el núcleo de la cuestión hoy se ha desplazado, señores. No es ya el tiempo lo que interesa sino el tempo ¡el ritmo!

Encerrados en nuestras sociedades monstruos que absorben la totalidad de todos nuestros días, estamos imposibilitados para detenernos. Acorralados en una red universal de comunicaciones instantáneas que nos hacen tomar Coca Cola sin darnos cuenta y llenar nuestros cajones de camisas nuevas e innecesarias, no tenemos tiempo de asombrarnos.
—Él tiene ritmo —dijo el Doc, señalando los ligeros temblores de Fox.

—Usted no respeta nada —dijo Asimov—. Le refundaría la cara a trompadas por burlarse de un pobre hombre enfermo.

—Ay, el divulgador se pone quisquilloso —dijo el Doc, dejando de lado su admiración por Asimov y adhiriendo con increíble rapidez a la máxima de Oscar Wilde acerca de que creemos inteligentes a la gente que piensa como nosotros—. ¿Por qué no le consigue una cura y listo?

—Tengo que escribir más textos que Lope de Vega —respondió Asimov, sacando una lista enorme de su bolsillo—. Y me faltan… como mil novelas. Wells, dígame cualquier cosa que necesito escribir algo. Robots, máquinas, tiempo, ¡deme ideas y moveré el canon literario!

J. Fox y el Doc se miraron estupefactos. Con los dedos hicieron cuentas y les faltaron manos para dar con lo que buscaba Asimov; sin embargo, se encogieron de hombros —bueno, Fox empezó a tiritar, no había de otra— y el Doc daba y daba click a su facebook agregando a todo mundo para llegar a los 880 amigos.

—Los propios dioses— empezó Asimov.
—Luchan… —continuó H.G.

Se hizo un silencio y todos en la sala se miraron a ver quién terminaba la frase, sólo el sonido de los clicks del Doc Brown rompía ese silencio…

— ¿Alguien escribió Brown? Yo soy Brown —dijo Dan Brown, entrando con un libro de reproducciones de Leonardo Da Vinci.
— ¡Hay que matarlo! —dijo Asimov.
Todos agarraron algún objeto contundente; finalmente, la literatura sería vengada.
— ¡Esperen! —dijo el Doc—. Es el amigo 880 que necesito.
— ¿Él? ¿Dan Brown? —dijo Asimov—. Con este tipo se podría hacer una excepción a las leyes de la robótica y ¿usted lo quiere de amigo?
—A la mierda con Dan Brown y ¡a la mierda con la literatura! —prosiguió—. ¡Eso es como seguir caminando con los pies clavados en el suelo! ¿Por qué no nos dejamos de joder e inventamos de una buena vez la máquina del tiempo?

—Por eso decía yo —interrumpió J. Fox—. Los Propios Dioses luchan contra ¡la Estupidez! —se levantó de su sillón, sin un rastro de temblorina y se dirigió a la pantalla del Brown, el Doc, no el de Da Vinci, para mirar la confirmación del amigo número 880…

— ¡El Cara Tiempo! —gritó el Doc, cayendo sobre sus rodillas— ¡Lo he logrado!
— ¿Y? —Dan Brown apenas había dejado de apretar el botón de confirmar, ni siquiera habían leído sus libros, y ya pretendía un nuevo éxito de taquilla—. No pasa nada. ¿Para qué sirve una máquina del tiempo que no hace nada?
— ¿Nada? ¡Nada! —dijo Michael—. No tiemblo más, se me revirtió el temblequeo.

Los demás testigos del suceso no se animaron a contrariarlo, aunque tenía mucha gracia ver a Mc Fly, batiendo el aire enfundado en una campera roja.

Dan Brown tomó nota de inmediato, eso era oro puro para un nuevo Best Seller y si se apuraba, una superproducción cinematográfica con la peluca de Tom Hanks de protagonista. A esas alturas la peluca había aparecido en Forbes cuatro veces. De locura, en verdad.

No había terminado la sorpresa cuando el Doc Brown comenzó a brillar como farol a punto de fundirse y, entre rayos y centellas, se levantó de su silla y fue absorbido por la pantalla entre colores y notificaciones de Facebook.

— ¡Eso lo vi en Tron, serán copiones!— gritó H.G. entre risitas y codeando a Bester. Este hizo un ademán y se sentó para agarrar aire y evitar un ataque al miocardio.

— ¿Y ahora que se fue qué hacemos? —preguntó Asimov.
—Hay uno afuera que reparte pastillas, podríamos comprarle algunas y llamar a Dick para que se traiga unas androides –dijo Wells.
— ¡Dale, Dale! —dijo Brown, mientras tomaba notas para una novela sobre una conspiración biotecnomasojudeonegrochinobolivianóica.

En el pasillo, un enorme sujeto de color, negro, permanecía sentado.

—Queremos las pastillas.
— ¿La roja o la azul?
— ¡La que sea! –dijo Wells, agarrando pastillas a mansalva.
— ¡No! –gritó el dealer-. ¡Si se toma todas nos chupa la Matrix!

Los gritos, el edificio, el tiempo, todo se fue disolviendo a colores verdosos. Todos quisieron decir algo, impedir lo que estaba pasando pero ahora que veían, y nosotros con ellos, el interior de la Matrix, ¿qué nos queda excepto este montón de 01000101 01101101 01101101 01100101 01110100 00100000 01100101 01110011 01110100 01110101 01110110 01101111 00100000 01100001 01110001 01110101 11101101 00101100 00100000 01110000 01110101 01110100 01101111 01110011?

 

**Cuento escrito junto con Esteban Moscarda, Alejandro Bentivoglio,  Graciela Sedran Castagnola y Gabriela Baade.

***Código binario: “Aquí estuvo Emmet, putos”.

Plural: 4 Comentarios Añadir valoración

  1. Kiddo dice:

    ¡Ya nos cargo la matrix! Qué gran final.

    Buena conbinación. Excelente selección de salvamento científico, con su respectivo negrito en el arroz, que obviamente no era Morfeus.

    Un abrazo en código binario.

    1. odeenr dice:

      Jajaja, sí. Aguas con los experimentos, Kiddou 😛

      Gracias. Abrazo!

  2. Manzanita dice:

    Jajajajajaja diarrea elastica?? jajajaja
    Muy bien, muy divertido, me hizo la tarde, todo un viajesote biotecnomasojudeonegrochinobolivianóico

    Ahora empezare a juntar amis 880 amigos =P

    1. odeenr dice:

      Jajaja, nomás cuida bien qué comes. No vaya a ser…

      😛

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