Leer en público

Desde niño desarrollé cierta habilidad para leer. Para leer rápido. En la escuela primaria nos enseñaban a leer tantas palabras como fuera posible en un minuto. A veces lograba leer más de cien, que para un niño de 6 años es todo un logro. Veintitantos años después, esa rapidez se junta con el principio de que leer poesía es sentir cada uno de los versos que la componen y que en la lectura suelen ser diferentes que cuando uno se las imagina al escribirla.

Tengo experiencia en lecturas públicas y aun así los nervios ganan y piso el acelerador sin darme cuenta acabando con el aire y pensando, mientras leo, que en cualquier momento puedo tirar el atril del micrófono o caerme del banquito o aventar el libro o las hojas por todos lados —cuando no me doy en la cabeza con el mueble de a lado para luego editarlo del video. Nadie vio nada, jo —. Supongo que alguna gracia debía tener hacer esto.

Aquí un par de ejemplos:

Buenos Aires, 21 de septiembre de 2013.

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La tercera parada del Colectivo sin Chofer, junto a buenos amigos y escritores. Cerramos el evento mi camarada Esteban Moscarda y yo. Los reflectores en la cara no son lo mío, sobre todo porque no veo un carajo y no sé cómo reacciona la gente sentada. Leí un puñado de textos propios, uno de Moscarda y, después de su intervención, leímos uno escrito a dúo. Buenísimo.
No me caí de la tarima.

México Capital, 23 de noviembre de 2013.

 

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En el Foro TEXTUAL, comimos tostadas caseras y vimos el trabajo de Textosterona Playeras Literarias. Subí a leer “Llamado por los malos poetas”, de Fogwill a velocidades vertiginosas y luego “Un bonchecito de poemas míos” cargado de varias hojas de papel impreso que iba arrojando al suelo en un acto de descuido poético y rebeldía celulosa. Una lectura satisfactoria y con gritos de la concurrencia que pudo haber terminado mejor si no me hubiera puesto semejante golpe en la cabeza. Una forma contundente de no olvidar que esos pequeños actos son los que florecen en una obra personal sincera. Lo más sincera posible.

Leer poesía en público no es lo mismo que escribirla. Uno no se pone a pensar si lo que escribes será leído en voz alta o sí serás tú mismo quien lo haga. Quizá sea ese el secreto: no dejar atrás esa posibilidad.

Gracias, Anita, por los ánimos 🙂

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