Lo que odio de ser adulto

Regreso a este Libro Vakero, después de más de un año de sequía, a registrar lo que espero sea una serie de textos donde plasme las cosas que odio de la adultez de un mejicano promedio de mediana clase tirándole a baja —suspendido en ese limbo de la clase trabajadora que aún puede darse ciertos lujos— y que ha vivido toda su vida en la capital del país,  a dos años de llegar a mi cuarta década.

Luego entonces, hoy presentamos: El Dinero.


El único privilegio válido en este país es el dinero. El dinero engloba absolutamente todo. Poder, influencias, posesiones, seguridad, diversión: la simpleza de estar vivo. De piel blanca o morena, tener dinero te ofrece un par de escalones arriba o debajo de esa cadena evolutiva que el mejicano occidental ha inventado y perfeccionado desde hace décadas. Nadie que no tenga dinero es capaz de siquiera gozar de buena salud. Resulta de poca credibilidad las vidas perfectas y llenas de viajes y disfrutes si no están respaldadas por un ingreso monetario generoso. Veamos: Si eres capaz de comer de vez en cuando en la calle —ya sea en un restorán de medio pelo o en la fonda del mercado— es porque tienes suficiente dinero para ello. Si te es posible tener un automóvil o una moto o una bicicleta —nuevos, de segunda, rentados— es porque pudiste hacer un gasto o una serie de gastos. Si te es posible vestirte de la manera que te gusta —de marca, de bazar, de mercado— es debido a que tú o tu familia cercana tienen acceso a las finanzas necesarias para hacerse de cualquier tipo de prendas. Si tienes un techo sobre tu cabeza —del tipo que sea, rentado, comprado de contado o a crédito, hospedaje— es, nuevamente, por causa de estar al alcance de la cantidad necesaria de moneda corriente. Hasta ayudar humanitariamente a otros requiere de dinero, cada vez de más dinero.

Nadie en este país, nadie, es capaz de darse la vida que presumimos: viajes, ropa, vivienda, alimento, arte, vicios, sexo, sin tener a su alcance las ganancias suficientes. Hasta los que presumen ser pobres y talentosos necesitan un ingreso para lograrlo. Necesitas tener dinero incluso para ser pobre.
Es por lo que no me creo jamás ese cuento del “vive la vida al límite”, “mírame, yo viajo y no estoy amarrado a un trabajo” o “muera el sistema, maldito capitalismo opresor de mierda”. Es imposible tener una vida mínimamente digna, si no se tiene acceso al capital. Por mínimo que éste sea. Esa vida idílica estilo Walden está fuera del alcance de quienes vivimos en países como México —tercermundista, mitómano, con aspiraciones de clase media alta— y mucho menos en ciudades como esta.

Ese el único privilegio verdaderamente importante, ¿y qué creen? No es necesario estarles recordando a todos que revisen sus privilegios: este todos los tenemos, y estamos atados a él.

¿Queremos ser verdaderamente rebeldes, waldenianos, jipis modernos de la vida de viajero? Salgamos a los campos que aún quedan limpios. Atrevámonos a viajar de mochilazo como en antaño, sin nada, sin tarjetas para emergencias, sin otro par de zapatos — los Pueblos Mágicos se quedan sin magia sin el dinero del turista, apunto—. Renombremos las cosas, destruyamos lo que existe. Huyamos del mundo. De nada vale quejarnos a diario de lo idiota que es la identidad nacional si dependemos de ella para poder acceder a los medios necesarios para emitir nuestras quejas.

Por fortuna existen fugas, como el arte, los deportes, la fantasía, la imaginación, la ilusión. Hasta que llega el momento en que pensamos “vivir de ello” y pues, ahí está: monetizado y capitalizado. Si no fuera por el arte, probablemente media humanidad hubiera cometido suicidio desde la Revolución Industrial.

Quizá aún nos quede el amor.

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