Los Nibelungos

Antes a los amigos los visitabas en su casa, les gorroneabas las frituras, le decías a tu mamá que te quedabas toda la tarde a jugar Nintendo. Más o menos estaremos de acuerdo si usted lector, nació a principios de la década de 1980. De los que nacieron en medio de la década o a finales no sé; no sé de hecho, casi nada más allá de que en algún momento en medio del camino se tropezaron con Luis Miguel y la música norteña; algunos de ellos, también con Nietzsche. Rara mezcla.

Nacer en 1980 siempre me ha representado dos cosas: enterarme de que 9 meses después de mi llegada un fan desquiciado se despachó a John Lennon después de pedirle un autógrafo —una cosa parecida a la muerte a traición: lo metes en confianza y cuando ya firmó, ¡BANG! te aseguras de tener el último e invaluable autógrafo— y que ese verano las Olimpiadas tuvieron como mascota a un osito cuyo nombre, aún el día de hoy, me causa risa al pronunciarlo con un falso acento ruso.

A pesar de que en la escuela primaria no solía tener muchos amigos —en parte por estrategia, en parte porque la rara interpretación religiosa de mi madre impedía tildar de amigo a cualquiera sin someterlo a pruebas de fe—, sí solía quedar de vez en cuando en casa de algún compañero para hacer un trabajo —lo cual, por supuesto, significaba 20% tarea y 80% Nintendo— y sentir el aire de rebeldía que sólo es posible cuando una madre que no es la tuya te pregunta de cuál refresco te gusta.

Ahí, con esos compañeros —qué diablos, con esos amigos— te empezabas a preguntar qué sería de esa gente cuando el tiempo dejara atrás la educación primaria y tuvieras que comenzar a decidir cómo cortarte el cabello. Siempre me juntaba con Mauricio, Raúl, Israel y Horacio. El primero vivía justo frente a la escuela —ventajoso— y tenía una prima que me gustaba mucho. Muy listo Mauricio, buenas calificaciones y lentes desde sexto grado —o quizá desde antes—. Raúl era el correlón, desmadroso y que las maestras regularmente regañaban. Él ponía su casa, nos daban refresco y hacíamos escándalo. Israel era el gordito del grupo, simpático, afable y muy buen amigo. Horacio, el listo. Reflexivo. Cuidadoso de lo que hacía y decía, ya que su familia también tenía costumbres y conceptos extraños respecto a juntarse con nosotros. En el recreo jugábamos a conservar el equilibrio en una banqueta forcejeando unos contra otros, o jugábamos “policías y ladrones” con los demás —lo que algunos aprovechábamos para tomar de la mano a alguna compañera de vez en cuando—.

Teníamos doce años y la primaria estaba acabando sin remedio. Como ninguno de nosotros era un burrazo, nadie reprobó y todo mundo salió al mismo tiempo. Ceremonia, música solemne. Todos formados con nuestras familias bien orgullosas. Fotos y todo eso. Aún me arrepiento de la inocencia de no haberle pedido a tiempo a Raúl una foto que estoy seguro me sacó junto a la prima de Mauricio. Esa y otras más con ellos, claro. Estaría bien recordar cómo eran nuestras caras juntos, como cuando jugábamos. Son cosas que a los doce años no te pasan por la cabeza.

Años después vi a algunos de ellos: supe que Mauricio se convirtió en Ingeniero Químico y se fue a la ciudad. Raúl trabajó mucho tiempo en salas de cine y lo recuerdo igual de desmadroso pero con una gorra azul con el logotipo del complejo; lo volví a ver un par de veces, a Mauricio ya no —ni a su prima—.

Israel dejó de ser el gordito del grupo para ahora ser karateca. Irreconocible. Pareciera que el rechoncho niño de doce años se adelantó en el tiempo y se comió al musculoso cinta negra que quedó más delgado que yo. Yo, el que siempre iba a ser flaco.

A Horacio lo vi más. Me ayudó a tener el trabajo que más disfruté antes de entrar a la Universidad. Sabía muchísimo de música. De música clásica. Cuando jugábamos Nintendo y ponía cara de angustia porque en cualquier momento llegarían a llevarlo a casa no me imaginé que ese niño casipelirojo me enseñaría que Carmina Burana no es una Ópera sino un oratorio y que hay que considerar un héroe a aquel que se aviente la tetralogía de los Nibelungos de Wagner de un solo golpe sin volverse loco.

A la fecha, de esos amigos he sabido más bien poco. No los tengo en Facebook ni en el Messenger. Tampoco los sigo en Twitter. Contrario a lo que pasa con quienes estudié la carrera: están en todas partes, los conozco más por leerlos que por el tiempo que casi chocamos en los pasillos o que tomábamos las mismas clases. Todos trabajan y casi siempre tienen prisa.

La mayoría está en mi Messenger:
— ¡Hola!
— Hola, ¿cómo estás?
— Bien, buscando trabajo. Me quiero ir de vacaciones.
—Ah.
—Si sabes de algo, ¿me avisas?
—Seguro.

Ahora a los amigos los ves en la pantalla y de ahí, si acaso, en un bar. Leen mucho. Saben de conciertos. Son buenas personas. Aunque dudo que alguno se aviente a los Nibelungos en maratón. Se sienten viejos porque la cruda les dura más.

A John Lennon lo mataron 9 meses después de mi nacimiento. Mi amigo Horacio murió en 2002, después de una fiesta donde, estoy seguro, no tocaron a los Nibelungos.

Plural: 6 Comentarios Añadir valoración

  1. yusttin dice:

    Hermoso y mas cuando soy de las afortunadas que conoció a Horacio.

    Y si se extraña el convivir con amigos como cuando eramos niños, verlos a los ojos, escuchar su voz, era en verdad divertido…

    ¿Escuchar los Nibelungos? es siempre un placer… pero en pedacitos por favor…

    1. odeenr dice:

      Así es, el buen amigo Horacio del que aprendimos muchas cosas en la cabinota de clásico. Te hubiera encantado conocerlo de pequeño.

      Bueno… una por una las cuatro operas brutales…

      Besote!!

  2. Manzanitaa dice:

    Ay, aunke no soy de esos años ke bonito es leer eso. Mi generacion es un poco diferente, sin embargo, tambien hacian cosas parecidas para agarrarnos d la mano jiji. Extraño la simpleza con la ke nos divertiamos, Tejiendo pulseritas en el recreo, jugando yoyo … veo a la generacion de mi hermana y ya no veo nada de eso … hay cosas bonitas ke no se deberian dejar atras.

    Despues d mi nacimiento hubo un eclipse jeje, y kurt cobain se suicido, asi ke … es como bonito y feo mi año no?

    Somos seres nostalgicos, ni modo ke hacerle, pero ke bonita manera de expresarlo…

    1. odeenr dice:

      Qué mañosos… jaja. Ah, del 92. Interesante.

      Gracias, Manzanita!

      🙂

  3. lagartO dice:

    No se si sea casualidad pero ese tipo de recuerdos de la niñez lo he tenido muy presentes, pareciera que las vidas de la gente siempre van muy en paralelo, yo era el niño gordito de la primaria pero creo que gordo si quede , saludos vakero …

    1. odeenr dice:

      Jajajaja, carnal. Así es, nos tocó más o menos lo mismo.

      Saludote.

Deja un comentario